Elena G. de White y los Seis Mil Años

En la Revista Adventista de marzo del corriente año, se publicó en esta sección un artículo titulado “El séptimo milenio”, enfocado en analizar la validez de fijar la segunda venida de Cristo al finalizar exactamente seis mil años de pecado (o seis milenios) en este mundo, después de lo cual comenzaría el séptimo milenio de paz (ver Apoc. 20). A raíz de ese artículo, este columnista ha recibido algunas inquietudes, especialmente con respecto a lo que dice Elena de White en relación con los seis mil años de pecado y el fin del mundo. Vale la pena estudiar lo que ella escribió sobre esto.

Se pueden identificar por lo menos treinta declaraciones de Elena de White que proponen un lapso de alrededor de seis mil años de historia de pecado sobre este planeta. Estas declaraciones son variadas en contexto y especificación cronológica.

seis mil años elena g. de white

Si analizamos algunas de estas expresiones en orden cronológico, siguiendo el año en que fueron escritas (ver cuadro), veremos cuán incongruente es tomarlas como cálculos rigurosos de tiempo exacto. Es más lógico considerar que Elena de White tenía en mente un concepto general de aproximadamente seis mil años desde la Creación (o bien, desde la caída). Además, si en sus días consideraba que ya habían pasado seis mil años desde la Caída, sería incongruente pensar que hoy, más de cien años después, aún estemos esperando el final del sexto milenio.

Lo mismo ocurre cuando habla del período de cuatro mil años desde Adán hasta Cristo. Por ejemplo, en el capítulo “La tentación de Cristo”, en Mensajes selectos, tomo 1, Elena de White utiliza en más de una oportunidad esa expresión de tiempo: “El Hijo de Dios se humilló y tomó la naturaleza del hombre después de que la raza humana ya hacía cuatro mil años que se había apartado del Edén, y de su estado original de pureza y rectitud” (p. 313, énfasis añadido). Es decir, para el nacimiento de Cristo ya se habían cumplido cuatro mil años desde la Caída. Luego, un poco más adelante, dice que, en el desierto de la tentación (treinta años después de su nacimiento), “venció Cristo en lugar del pecador, cuatro mil años después de que Adán dio la espalda a la luz de su hogar” (p. 313). Y, ya cerca del final de ese mismo capítulo sobre la tentación de Cristo, menciona que Satanás había contemplado “el aumento del pecado en las continuas transgresiones de la Ley de Dios por más de cuatro mil años” (p. 316; énfasis añadido). Queda claro que no era el propósito de la sierva del Señor establecer que pasaron exactamente cuatro mil años desde Adán hasta Cristo. Todo indica que esos períodos de tiempo no son más que una aproximación, y que nunca fue su intención fijar fechas exactas para el inicio o el final de los cuatro milenios ni de los seis milenios.

No es de extrañar, entonces, que William C. White, hijo de Elena, expresara en 1912, estando su madre aún con vida: “Con respecto a los escritos de mi madre y su uso como autoridad sobre puntos de historia y cronología, mi madre nunca ha deseado que nuestros hermanos trataran sus escritos como autoridad en cuanto a detalles de la historia o de fechas históricas” (Carta a W. W. Eastman, 4 de noviembre de 1912).RA

Por Walter Steger / Revista Adventista